ISSN
1853-7367
Ejemplar
N° 11 – 2021
LOS CENTENNIALS, SU RELACIÓN CON EL
TRABAJO - UNA MIRADA SOBRE EL JOVEN CONTEMPORANEO
THE CENTENNIALS, THEIR RELATIONSHIP WITH
WORK - A LOOK ON THE YOUNG CONTEMPORARY
Juan
Carlos Ayala ayalajc@hotmail.com
Facultad
Ciencias Económicas. Universidad de Buenos Aires
Ensayo
JEL: M12
Resumen
Quizá como nunca ha sucedido, la
actividad científica se halla analizando la concepción y mutaciones de las
estructuras del fenómeno social denominado generación. Específicamente este
trabajo tratará sobre las motivaciones de los Centennials. Se trata de una
aventura desafiante que se interna en el vacío de lo desconocido: esa realidad
concreta que es el mundo del trabajo donde muchos de estos jóvenes recién están
ingresando a una relación formal.
En la primera
parte, se abordará el tema central: las
Generaciones y particularmente los Centennialls y sus diferencias con
respecto a las otras generaciones. Se examina la forma o la manera que las
conductas humanas se presentan, y tratar de inferir cómo esas revelaciones
determinan las relaciones. Se buscará manifestar palmariamente que estamos en
presencia de dimensiones de colectivos diferentes pero que podrían poseer
características comunes.
En la segunda parte, como no podría de otra manera se analizará todo lo
relativo al ser humano objeto del análisis, desde diferentes puntos de vista
como pueden ser el biológico, el sociológico y el psicológico. Sobre todo, el
adolescente contemporáneo que posee características propias.
Abstract
Perhaps as it has never happened, the scientific world is analyzing the
conception and changes of the social phenomenon called Generation and its
structures. This research is going to be focus on Centennials’ motivation. It
is a challenging adventure which dives in the void of the unknow: the fact of
the first experience in the world of the formal work relationships for a lot of
youngs.
In the first half, the main topic will be faced: the Generations and
specifically the Centennials and the differences with the other generations.
The research looks at the way of the human behavior is presented and tries to
deduce how those revelations determines the relations. The objective is stating
that we are in front of dimensions of different groups, but they could have
features in common.
In the second half, everything relational with the human being is going
to be analyzed from different point of view: biological, sociological, and psychological.
But above all, the contemporary teenager who has singular features.
Palabras
clave: Generación,
centennials, trabajo, humano, adolescentes.
Keywords: Generation, centennials, work, human, teenagers.
Los
centennials, su relación con el trabajo - Una mirada sobre el joven contemporáneo.
Los cambios en las conductas de los
jóvenes fueron siempre motivo de análisis y discusión en los diversos ámbitos y
entre los diferentes actores sociales. Tantos docentes, como políticos,
sociólogos, psicólogos, especialistas en marketing y recursos humanos,
entre otros, se preocuparon y se preocupan en determinar cuáles son los
intereses y expectativas de las distintas generaciones e intentan establecer
parámetros de pertenencia y características dominantes.
Si bien este trabajo tiene por objeto
conocer y entender cómo será la actitud ante el trabajo de los jóvenes que
pertenecen a la denominada generación Centennials o generación Z, es
necesario explorar previamente la noción de generación y compararla con las
otras generaciones preexistentes, para así determinar qué variables subjetivas
y sociales caracterizan a la generación en cuestión y la posicionan como fuerza
de transformación cultural.
Cabe plantearse, entonces, qué se
entiende por generación y cuáles son los distintos parámetros de segmentación o
división entre generaciones.
Antes de adentrarnos en el desarrollo
del exergo de esta parte es conveniente aclarar que todo individuo
independientemente de esta estructura simbólica que llamamos generación posee
necesidades, costumbres, una forma de pensar y actuar que se corresponden a su
subjetividad. Se puede alegar que el sujeto no es completamente heterónomo,
pero, sin lugar a duda, también se puede afirmar que tampoco es autónomo. Vale
esta aclaración también para el segmento social que se estudia o que habita en
distintas localidades dado sus expectativas laborales serán distintas; por lo tanto,
lo vertido es una doxa personal y para nada trata de convertirse en una
sentencia universal.
De acuerdo con la Real Academia
Española, una generación es un “conjunto de personas que, por haber nacido en
fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales
semejantes, se comportan de manera afín o comparable en algunos sentidos” (RAE, XXIII edición., párr.5).
Ahora bien, ¿cómo determinar el
período histórico que abarca una generación? En principio, se puede decir que
son las personas que nacieron y vivieron en cierto espacio de la humanidad,
convivieron en una sociedad que estuvo impregnada de valores y hechos sociales
que modificaron o solidificaron su forma de pensar y actuar: Tal como propone
Mascó (2012) en su libro Entre generaciones:
“Lo que uno es está condicionado por
el mundo de sentido que lo rodea. La sociedad y su particular cultura hablan a
través de nosotros. Somos, en parte, hijos no solo de nuestros padres, sino
también de la sociedad en la que nacemos”. (p. 31)
La definición del concepto de
generación no puede escapar del momento sociohistórico. Quienes integran una
misma generación son aquellos que, en definitiva, comparten ciertos fenómenos
sociales, culturales, políticos y económicos en la misma edad biológica.
El concepto hace referencia, entonces,
a un ciclo vital y social, es decir, un intervalo de tiempo.
Por su parte, y en línea con Mascó,
Paula Molinari, en su obra Turbulencia generacional (2011), afirma que:
“La mentalidad de una generación se
forma a partir de los acontecimientos que le toca vivir. La historia familiar,
la experiencia de los allegados, el tipo de relacionamiento con los pares, los
eventos mundiales de la infancia y los héroes de cada época forjan los modelos
mentales y engendran una forma particular de entender, interpretar y valorar el
mundo” (p. 62).
En definitiva, cada generación posee
rasgos específicos determinados por factores tales como hábitos, costumbres,
moda, ideas y valores en común. Las personas que comparten experiencias al
comienzo de sus vidas suelen desarrollar estilos y trayectorias de vida
similares. Sus personalidades también presentan puntos de contacto, en tanto
comparten creencias, lenguajes y recuerdos comunes.
El hombre es como un animal inserto en
tramas de significación que el mismo ha elaborado como una urdimbre que
conforma la cultura de su época y se explica bajo su interpretación de
significaciones.
Y es oportuno en este punto referirnos
a la sintética y brillante definición de cultura que nos aporta Clifford Geertz
(2006) al mencionar “Consiste en lo que uno debe conocer o creer a fin de obrar
de una manera aceptable para sus miembros” (p.25).
Periodos
generacionales
Los períodos generacionales pueden
variar según los criterios de los distintos autores, pero existe una
clasificación general que abarca desde el año 1925 hasta la actualidad,
articulada a partir de los hechos sociales, históricos y culturales más
trascendentes de las distintas épocas. Es la siguiente:
·
Tradicionalistas (1925 -1945)
·
Baby
Boomers (1945-1964)
·
Generación X (1965-1979)
·
Generación Y (1980-1998)
·
Generación Z o Centennials
(1999-actualidad)
En este apartado se abordarán las
características de cada una de las generaciones como un breve recorrido para
vislumbrar las diferencias fundamentales entre ellas. Al respecto, se observa
que el primer grupo, el de los tradicionalistas (también denominados “Builders”), está conformado por las
personas mayores, ya retiradas o a punto de retirarse de la escena laboral.
Crecieron en un contexto signado por las guerras, y se caracterizan por la
austeridad y la valoración del trabajo, el acatamiento a la autoridad y la
búsqueda de estabilidad. Sus hijos, los
“Baby Boomers”, son aquellos que
nacieron en la postguerra y ocupan hoy posiciones de liderazgo. Marcados por
hitos históricos altamente significativos, constituyen una generación que, si
bien reproduce varios de los esquemas previos (principalmente en el área
laboral y familiar) es impulsora de cambios, luchas y reivindicaciones. Sus
sucesores, los integrantes de la Generación X, nacen con el comienzo de la
globalización y generan un quiebre en las estructuras en tanto son autónomos,
independientes y transgresores respecto de las pautas sociales, familiares y
laborales preexistentes. Los nacidos a partir de 1980, o Generación Y, son los
ciudadanos del mundo globalizado, que viven bajo el imperio de la “extimidad”
sostenida por las redes sociales. Son críticos, pragmáticos y asocian el
trabajo al confort, la independencia y el placer. Por último, la Generación Z o Centennials,
que representa hoy un tercio de la población mundial, es la conformada por los
nativos digitales, cuyo aprendizaje está anclado en la tecnología y la
estimulación visual. La línea entre el mundo real y el virtual es, para ellos,
cada vez más difusa. Respetan la diversidad y promueven el trabajo
colaborativo.
En cada generación es posible observar
cambios significativos en las formas de concebir el mundo, el trabajo, la
familia, las relaciones personales, la política, la religión, el consumo, la
educación y la sexualidad, entre otros elementos. Si bien cada grupo presenta
particularidades y rasgos que lo identifican y lo diferencian del resto de las
generaciones, también posee puntos de contacto y de diálogo con sus
predecesores y sucesores. Es decir: el cambio no siempre implica ruptura con el
paradigma anterior, sino que, por el contrario, en muchos casos se recuperan o
reciclan valores o modelos previos.
Al respecto, Franichevich y Marchiori
(2005) afirmaban que:
“Existe consenso en decir que hoy
conviven cuatro generaciones en el lugar de trabajo: Tradicionales, Baby Boomers, Generación X y Generación
Y. Recordar que no se trata de categorías con fronteras rígidamente definidas
nos sirve para orientarnos sobre el comportamiento de personas de edades
contiguas” (p.98).
Por su parte, Howe y William (2000)
proponen modelos alternativos o arquetipos para agrupar a las generaciones
dentro de una sociedad. Sostienen que
existen ciertos eventos que “moldean” la construcción de los valores y
paradigmas de cada grupo generacional. Cada nueva generación cumple un rol que
antes ocupaba una generación anterior, y este se percibe como fresco, funcional
y necesario para la dinámica social. Según los autores, va a ser diferente una
generación que llega a la mayoría de edad durante o después de un período de
crisis o de renovación o despertar cultural, de guerra, de cambios políticos o
de avances tecnológicos; por lo tanto, es posible clasificar a las generaciones
a partir de esas variables y diferenciarlas según los siguientes arquetipos:
profeta, nómada, héroe y artista.
En definitiva, tanto la clasificación
tradicional, como la que las agrupa en arquetipos coinciden en que las
generaciones no solo comparten una ubicación por edad en la historia, sino
actitudes, cultura y valores similares.
A continuación, se desarrollarán de un
modo más exhaustivo las características principales de cada una de las
generaciones antes mencionadas, con su correlativo arquetipo.
Tradicionalistas
(1925-1945)
Conforman la generación que ya se ha
retirado del mundo laboral o está por hacerlo.
Nacidos entre 1925 y 1945, los tradicionalistas vivieron tiempos
trágicos (la Gran Depresión, el auge del Nazismo, la Segunda Guerra Mundial, la
Guerra Fría, la guerra de Corea) que determinaron la construcción de un modelo
de vida sacrificado, de austeridad y silencio.
En 1951 la revista Times los definió como “la Generación
Silenciosa” como se citó en Periodico El Pais (2016), a la que describió del siguiente
modo:
“La juventud de hoy está a la espera
de que la suerte les toque el hombro; mientras tanto trabajan bastante duro y
sin decir casi nada. El hecho más sorprendente acerca de la generación más
joven es su silencio. Con algunas raras excepciones, la juventud no está cerca
de la tribuna pública. En comparación con la “juventud enardecida” de sus
padres y madres, la generación más joven es una pequeña llama. No emite
manifiestos, no hace discursos ni lleva carteles” (párr.4).
Es probable que este silencio haya sido
consecuencia de las condiciones del contexto, ya que muchos de ellos vivieron
la Gran Depresión y crecieron o fueron veteranos de la Segunda Guerra Mundial o
la Guerra de Corea, hechos que influyeron en su comportamiento. La austeridad,
la capacidad de ahorro, el patriotismo y el nacionalismo, la confianza en las
instituciones, el respeto por la palabra y los códigos, son algunos de los
rasgos que definen a este grupo. Al crecer en un entorno en el que las
estructuras organizacionales reproducían los modelos militares de cadena de
mando, se aceptaba la jerarquía verticalista. Al respecto, Mora (2017) señala
que:
“Sus valores están en sintonía con los
acontecimientos históricos que atravesaron, de ahí que el sacrificio, la ley,
el orden, el respeto por la autoridad, el honor y el trabajo duro representen
modelos a seguir. La elección de vida y profesión es para siempre y establecen
vínculos de lealtad y obediencia con sus referentes o mentores” (p 23).
Por lo tanto, la relación de esta
generación con el trabajo está basada en la búsqueda de estabilidad y es por
eso por lo que esta actividad ocupa gran parte de sus vidas. La adquisición de
bienes para toda la vida es primordial, y la casa propia es el objetivo más
codiciado. Los preocupa más el plan de pensión que tendrán cuando se retiren,
que las condiciones de trabajo del presente.
En línea con la dinámica de las
organizaciones, la estructura familiar de los tradicionalistas se organiza a
partir de roles tanto masculinos como femeninos bien delimitados: el hombre es
el proveedor del sustento y la mujer se ocupa de la casa, del cuidado del
esposo y de los hijos. El matrimonio es para toda la vida y no existe el
divorcio. Asimismo, la jerarquía de
mandos se reproduce en el entorno íntimo y los menores deben obediencia y
respeto a los mayores. Los mandatos familiares marcan el destino de los hijos,
quienes acatan la autoridad sin cuestionarla, en un marco de defensa de los
principios morales y los valores tradicionales.
Es común, por ejemplo, la fundación de organizaciones familiares en pos
de que las generaciones futuras las perpetúen. Por lo que se refiere al
desarrollo cultural, los tradicionalistas fueron testigos del surgimiento y
evolución de la radio, así como de la expansión del cine. Vivieron el período
de esplendor de Hollywood, con sus “estrellas” y películas de gran
popularidad, que trascienden fronteras geográficas y hoy son verdaderos
clásicos. Algunas de ellas dan cuenta de los acontecimientos políticos y
sociales de la época.
En un contexto histórico signado por
la guerra y la posguerra con presencia de instituciones fuertes que llevaron
adelante un control sobre individuos y sociedades, los tradicionalistas fueron
protagonistas de escenarios empresariales con altos desarrollos económicos y diseñaron
culturas corporativas con formas de gestión paternalistas de corte jerárquico.
Dichas culturas fueron mutando a partir de la inserción laboral de sus hijos,
los Baby Boomers quienes, como
veremos a continuación, si bien reprodujeron varias de las tradiciones de la
generación silenciosa, confrontaron también su conservadurismo y sus rígidas
estructuras.
Este grupo correspondería, según la
clasificación de Howe y Strauss (2000), al arquetipo “Profeta”, que comprende a
las generaciones que nacen después de una gran guerra u otra crisis y
atraviesan un período de vida comunitaria, compartiendo un consenso renovado en
torno de un nuevo orden social. Sus integrantes crecen sobreprotegidos y absorbidos por ideas a
favor de una cruzada moral y principios éticos, y
envejecen como los ancianos que guían a la gente durante una nueva crisis.
Sus principales atributos se relacionan con la visión, los valores y la
religión.
Baby Boomers
(1945-1967)
Luego de la Segunda Guerra Mundial se
produjo una verdadera explosión demográfica: entre 1946 y 1964 nacieron en el
mundo 76 millones de bebés, fenómeno por el cual la generación se llamó “Baby
Boomers”.
Herederos directos de los
Tradicionalistas, los Baby Boomers
protagonizaron importantes cambios históricos, sociales, políticos y
tecnológicos que repercutieron en su forma de ver el mundo y el trabajo. Fueron
claramente influenciados por lo valores puestos de manifiesto de la generación
anterior (tradicionalistas) pero tuvieron una impronta de expectativa de
cambio.
Entre los hechos sociales más
relevantes que influyeron en las conductas de esta generación, se destacan los
siguientes:
·
En la escena política, fue una época
atravesada por hitos históricos tales como la Revolución cubana, la guerra de
Vietnam, la guerra Fría, la guerra de Corea, la guerra civil del Congo, el
asesinato del presidente Kennedy, la construcción del muro de Berlín, el Concilio
Vaticano, Mao y la revolución cultural en China, la irrupción de los
movimientos de izquierda, el Mayo Francés y las luchas por los derechos
sociales.
·
En el marco sociocultural, surgieron
grandes movimientos sociales y artísticos, el feminismo, el movimiento hippie y
el rock, conjuntamente con la revolución en la moda y la sexualidad
(minifaldas, píldora anticonceptiva).
·
En la esfera tecnológica y científica:
se dio el comienzo de la era espacial; la televisión constituyó el hito
tecnológico (en su pantalla se contempló la llegada del hombre a la Luna) y
vivieron la evolución del cine del blanco y negro al color, así como del
teléfono de disco al de tonos. En el hogar, irrumpieron los electrodomésticos,
como el lavarropas.
Tomando la alocución de Hobsbawm (1994)
en su monumental obra “Historia del siglo XX” se denomina a esta época los “años
dorados”. Es el auge del capitalismo. Todos querían una producción creciente,
pleno empleo, comercio sin fronteras, modernización de las técnicas y
procedimientos y todo ello bajo una supervisión estatal con vínculos estrechos
con las instituciones sindicales que no fueran comunistas. Se buscaban y se
lograban acuerdos entre las partes. Los empresarios podían planificar, los
trabajadores obtenían salarios altos y beneficios, y un estado de bienestar que
les ampliaba su cobertura presente y futura. Era un mercado de consumo masivo
que se apoyaba en el pleno empleo, todo ello sostenido con el incremento de los
ingresos públicos que a su vez soportaba la seguridad social. Se dice que en la
euforia de los años sesenta algunos gobiernos llegar a ofrecer a las personas
desocupadas hasta el 80% de su salario real.
En contraste con la apatía y el
silencio de los Tradicionalistas, los Baby Boomers hicieron del debate y de la lucha ideológica un estilo de vida.
Inmersos en un contexto en constante cambio, experimentaron la necesidad de
lucha y toma de posición.
A la vez, esta generación se
desenvolvió en un contexto que le brindó múltiples oportunidades laborales, lo
que derivó en un modelo de vida consumista, a tal punto que se introdujo el uso
de las tarjetas de crédito.
En línea con sus antecesores, valoran
el trabajo y la productividad, defienden las jerarquías y los símbolos de estatus
en el ámbito laboral. Confían en las
empresas y en las instituciones, tienen una mentalidad optimista, idealista y
competitiva y promueven grandes cambios, algunos de los cuales generan
fricciones con la generación silenciosa, como el desplazamiento de los técnicos
que no estaban acostumbrados a tomar la iniciativa y esperar directivas.
Un cambio muy significativo dentro de
esta generación es la incorporación definitiva de las mujeres al mercado
laboral y a la educación superior, con la consecuente modificación del modelo
tradicional de familia. Las uniones no son, para ellos, indestructibles:
comparten los valores del matrimonio y conforman familias numerosas de tipo
nuclear, pero aceptan el divorcio. Consideran al matrimonio heterosexual como
el camino para conformar una familia y, entre las generaciones actuales, son la
más apegada a la religión.
Si bien los Baby Boomers realizan importantes transformaciones en las
organizaciones, su concepción del trabajo no resulta tan diferente de la de sus
predecesores: valoran la estabilidad y el empleo de por vida y para ellos el
trabajo es sacrificio, no entretenimiento. Sin embargo, aunque no logran
resolverlo, se plantean, por primera vez, el problema del desequilibrio entre
la vida laboral y la personal. Serán sus sucesores, los integrantes de la
Generación X, quienes asuman y comiencen a revertir esa polémica. Para los Baby Boomers la identidad se forja en el
trabajo, es decir “uno es en cuanto es productivo”. Por eso es una generación
en la que prevalece la estabilidad laboral, el bajo ausentismo y la capacidad
de adaptación, signos de estabilidad laboral. A la vez, creen en el crecimiento
y desarrollo profesional y la educación constituye para ellos una instancia de
superación que los lleva, en muchos casos, a ser los primeros universitarios de
la familia a la que pertenecen.
En la actualidad, los Baby Boomers que están activos, son los
dueños de las empresas o empleados próximos a jubilarse. Su período
económicamente más productivo se dio entre los 70 y los 90 en los que
desarrollaron un característico estilo de management: pacientes,
participativos, leales, sacrificados y con un fuerte orgullo de
pertenencia. Sin embargo, tal como
refiere Hatum (2014) “Los boomers crecieron con un enfoque gerencial
verticalista, pero tuvieron que aprender a construir consenso. Se trata de una
generación optimista que ha sido capaz de vivir en un mundo rico y poderoso”
(p.43). Aunque para ellos la autoridad se da en relación con la jerarquía, se
esmeran, en la actualidad, por vincularse con los Y, que proponen un esquema
organizacional más desestructurado.
Cabe señalar que, en América Latina
los integrantes de esta generación son ligeramente distintos de los de EE. UU.
o Europa, ya que su experiencia de vida fue muy diferente: vivieron las
revoluciones, crisis y devaluaciones, hechos que los impulsan a tener como meta
la certidumbre económica.
Otro de los puntos de contraste entre
los Baby Boomers y las actuales
generaciones es la forma de entretenimiento: miran en la TV programas de
concursos, noticieros y documentales. Ajenos a los e-books y reacios a
Internet, constituyen la generación actual que más lee, y es ardiente defensora
del libro en papel y de los diarios impresos.
Los Baby Boomers son hoy los padres, abuelos o bisabuelos de las nuevas
generaciones. Defienden la estructura de la familia tradicional y esta
constituye una de sus principales motivaciones.
Entre los arquetipos propuestos por
Howe y Strauss, los Baby Boomers
pertenecerían al grupo de los “Nómadas”, en tanto es una generación que nació
durante un período de renovación cultural, en el que la juventud se rebeló
contra el orden institucional establecido. Los Nómadas crecieron como niños
desprotegidos y suelen ser recordados por su actitud revolucionaria en la
juventud y su liderazgo práctico en la adultez. Sus principales atributos están
relacionados con la libertad, la supervivencia y el honor.
Esta generación comprende a los nacidos entre
1965 y 1979. Gracias a la obra del escritor canadiense Douglas Compland,
Generación X (1991), se popularizó el nombre, que proviene de la dificultad de
la generación anterior para entender su rumbo o sentido, es decir, la
imposibilidad de identificarla con posturas ideológicas o grupos de
pertenencia.
Hijos de los Baby Boomers y padres de los Centennials, los X nacen en un contexto
histórico en el que se producen varios eventos trascendentales: el fin de la
Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, el surgimiento de la Unión Europea,
el nacimiento del Mercosur en Latinoamérica, y la guerra del golfo Pérsico
Hobsbawm (1994), en su obra citada,
menciona esta etapa como El Derrumbamiento o las Décadas de las Crisis e indica
que existía un temor permanente a otra Gran Depresión. En los años 80 en
África, Asía Occidental y América Latina el crecimiento del PBI se estancó y
mucha gente perdió el empleo. El modelo neoliberal estaba en pleno desarrollo.
Algunas economías que habían tenido un ligero crecimiento sufrieron una grave
caída hacía el final de la década.
“Si bien en varios países de
Latinoamérica esta generación convivió en su infancia con gobiernos militares y
antidemocráticos, su juventud está marcada por el regreso de la democracia” (Mora, 2017, p. 26).
Muchos expertos definen a este grupo
como la “Generación sándwich”, dado que se hallan entre los todavía
desafiantes Baby Boomers y la llegada
de los denominados Generación Y. Esta situación los hace sentir constantemente
amenazados y observan la caída del idealismo de sus padres ante los efectos de
la globalización y las reestructuraciones. Los cambios son el signo de la época
que les toca vivir y los aceptan, aprendiendo a usar los recursos tecnológicos
y volviéndose más competitivos. El mejor
ejemplo de esto es el de los creadores de Google, MSN y Yahoo, quienes
alcanzaron el éxito antes de los 30 años, todos pertenecientes a esta
generación. Actualmente los X son los gerentes y empleados de entre 40 y 50
años, con una mentalidad altamente competitiva, han sido testigos de toda la
revolución tecnológica y científica de las últimas décadas
Conciben el trabajo como una vía de
satisfacción personal, es decir, “trabajan para vivir” y el éxito es la meta de
sus vidas; por lo tanto, defienden la autonomía, la libertad, chocan
fuertemente con la cadena de mando y les gustan los objetivos desafiantes. Si
bien conforman una generación de transición, son quienes actualmente mueven el
trabajo y la economía mundial.
En claro contraste con los
Tradicionalistas y los Baby Boomers, los X buscan una relación informal,
transparente y directa con la autoridad. Son ambiciosos y quieren crecer dentro
de las organizaciones, por lo que aprovechan todas las oportunidades y muchos
de ellos acceden a puestos gerenciales o directivos entre los 30 y los 40 años.
Son también emprendedores y están mucho más dispuestos que las generaciones
anteriores a independizarse e iniciar un negocio propio. Fueron testigos de cómo
sus padres apostaron a las corporaciones y perdieron. Desconfiados,
individualistas y escépticos, son, en definitiva, más leales a su profesión que
a sus empleadores. En línea con esta
concepción, los X desprecian la burocracia y prefieren ser independientes,
manejando sus propios tiempos. Buscan constantes cambios y resultados. Se inclinan
preferentemente a lograr objetivos. Los que les proponen y los que se obliga a
cumplir.
Con respecto a la organización
familiar, esta generación rescata a la familia como valor y se muestra más
abierta a la diversidad sexual. Eligen la convivencia sin formalizar matrimonio
y muchos son hijos de padres divorciados (la tasa de divorcios asciende al
triple respecto de las generaciones anteriores). Es más frecuente en este grupo
el convivir que el formalizar mediante el casamiento, ya sea civil o religioso,
tal vez porque son recelosos de las instituciones y tienen fe en sí mismos. A
la vez, se empieza a consolidar el perfil de la mujer profesional que elige el
desarrollo laboral frente a la maternidad.
Si bien profesan una religión, no son
tan devotos y constantes como las generaciones previas. Tienen en promedio dos
hijos y los dos padres trabajan. Es la más productiva en comparación con los Baby Boomers y la Y.
La educación constituye un factor
clave para el ascenso social de los X: se preocupan por su preparación y se
perfeccionan y actualizan constantemente.
Es por eso por lo que, tal como afirma Mora, D. (2017), esta generación
presenta:
“El
más alto nivel de estudios alcanzados, a la vez que se incorpora el manejo de
dos o más idiomas como ingrediente de la formación educativa. En la misma
línea, cada vez se hace más natural trabajar y estudiar en paralelo, porque se
considera al progreso laboral como la sumatoria de ambas cuestiones” (p.27).
Conforman el grupo de los Young urban professionals, jóvenes de
clases medias altas con estudios universitarios, interesados por el buen vivir,
para quienes el estatus social y laboral se mide por el consumo y los bienes
materiales: propiedades, viajes, buenos restaurantes, ropa de marca, gadgets y
accesorios
En definitiva, los X buscan un balance
entre su vida personal y laboral, haciendo hincapié en la satisfacción personal
con el trabajo. Al ser independientes y
autónomos, los X construyen su propia carrera laboral, en la que alcanzar el
éxito y adquirir estatus son los principales objetivos.
Responden, a su vez, al arquetipo del “Héroe”
que, según Howe y Strauss, está conformado por aquellas generaciones que
representan un despertar posterior a una desintegración de la sociedad. Viven
un período de pragmatismo individual y autosuficiencia, signado por el laissez faire. Crecen como niños
sobreprotegidos, se revelan como optimistas colaboradores durante las crisis,
son adultos que confían en sí mismos y en la vejez, adquieren poder político y
económico. Son generaciones que se destacan
por sus triunfos colectivos durante su juventud y sus ambiciosos logros en la
vejez. Entre sus atributos se destacan la comunidad, la prosperidad y la
tecnología.
Generación Y (1980-1998)
Abarca a los nacidos a partir de 1980 hasta
aproximadamente 1998, es decir, a los hijos de los Baby Boomers y de los más grandes de la Generación X.
Designada así por ser la sucesora de
la Generación X, la Y ha adquirido diversos nombres a partir de los cuales es
posible describir sus características. Según Franichevich y Marchiori (2005), a
los Y también se los llama:
·
Millenials:
sus primeros miembros terminaron el secundario en el 2000 y han crecido junto a
la llegada del tercer milenio.
·
Generación Yo (Me): por su marcado narcisismo y egocentrismo.
·
Generación I: por informática,
Internet o I (1ra persona del singular en inglés); por la letra que identifica
sus productos emblemáticos (I-Pod, I-Mac, I-Phone).
·
Generación Why: por su similitud fonética inglesa con la
letra Y, y por su carácter crítico.
·
Generación Net (Net:Gen):
porque su destreza en el manejo de tecnologías de cómputo, digitales y de
Internet.
Esta generación nació con la
globalización y representa hoy casi el 25% de la población mundial. Les tocó
crecer en un mundo de violencia, calentamiento global y sucesos terribles como
el del 11/9. Buscan, por tanto, el bienestar ahora y no tienen certezas sobre
el futuro. En América Latina, los Y crecieron en plena democracia, aunque
atravesaron las serias crisis económicas de la región.
En su libro “El trabajo en la
posmodernidad”, Pablo Maison (2013) ubica históricamente a la generación Y como
a aquella atravesada por la posmodernidad laboral, un fenómeno que, surgido en
la segunda mitad del siglo XX, tomó mayor impulso en los años 80 y engloba un
conjunto de movimientos culturales y filosóficos que surgen de una nueva
mutación del proceso de globalización de la economía mundial.
La falta de un orden o sistema es la
característica principal de esta nueva era que, según Maison (2013), se define
por la hibridez, es decir, falta de ideas concretas y precisas que marquen
fronteras con épocas anteriores. En un contexto marcado por la pérdida de los
esquemas de sentido, en el que las ideologías políticas se han disuelto, los
intereses, ideas y valores de los Y se relacionan con grandes temas globales.
A la vez, y tal como sostiene Mark
Taylor (2005), esta generación percibe la realidad como una creación individual
y social, valora las opiniones y preferencias personales por sobre la verdad,
la razón o la ciencia.
En principio, y en línea con la
percepción incierta del futuro, los Y piensan en el ahora, en el placer
inmediato. Para ellos la calidad de vida
es lo primordial; sus padres, los Baby
Boomers, los consintieron y sobreprotegieron, priorizando el disfrute y la
preparación académica, ante todo. Se entiende que estas conductas
sobreprotectoras conllevaron a una extensión de la adolescencia que se
relacionó con el retraso de la independencia economía y la despreocupación por
las responsabilidades de la vida.
La interacción entre las nuevas
tecnologías y la Generación Y ha concebido, en palabras de Maison (2013) “un
sistema cultural, ideológico y de valores que origina cambios radicales en las
instituciones de todo tipo (políticas, religiosas, empresariales, educativas,
etc.), los que implican cambios sociales profundos” (p. 22). Y es interesante observar cómo se ha dado
dicha interacción, ya que la misma ha producido, también, un cambio
revolucionario en el acceso al conocimiento.
Los Y no conciben la realidad sin tecnología;
es más, ésta es la que moldea su forma de pensar, que es en simultáneo, como
las computadoras, con muchas ventanas abiertas al mismo tiempo, a diferencia de
sus antecesores que piensan en forma secuencial. Es la generación que usó más tipos de tecnología
para entretenimiento (Internet, SMS, reproductor de CD, MP3, MP4; DVD, etc.) y
para ellos son básicos los productos que eran un lujo para la generación X.
Nacieron con las computadoras y tienen muchos conocimientos y habilidades y las
utilizan para relacionarse y armar vínculos virtuales. Tal como refiere Mora (2017), sociólogos y
psicólogos vinculan los cambios de comportamiento de este segmento con el auge
de los reality shows y las redes sociales, fenómeno al que denominan “extimidad”,
o necesidad de volcar en el exterior el propio mundo interior para reconocerse
y salir del entorno tradicional, y pasar a un reconocimiento en la nube (que se
traduce en cantidad de seguidores y likes).
A la vez, y tal como postula Mascó
(2012):
“Poseen un tipo de alfabetización
mediática basada en el tiempo presente (los medios no dan cuenta de los
procesos, valoran la primicia en donde un acontecimiento reemplaza al otro), el
atomismo (desarrollo de subjetividades que perciben al mundo como elementos
sueltos en el que nadie ha dado una clave de interpretación de esos
acontecimientos), explicaciones simplistas (no se elabora un pensamiento
analítico ni ideas jerarquizadas. Los Baby
Boomers y los X se educaron a través del libro, lo que marca muchas
diferencias entre las generaciones” (p. 75).
Por lo tanto, se observa que las
habilidades desarrolladas por esta generación difieren significativamente de
las que caracterizaban a las anteriores. La practicidad, la rapidez, la
creatividad, las multitareas y utilización de múltiples recursos tecnológicos
distinguen a los Y, y los posicionan de un modo diferente respecto del
conocimiento: el valor radica en saber cómo buscarlo.
Ahora bien, para una generación criada
en un contexto de participación, de alta valoración de sus capacidades y
aliento de sus vocaciones, la inserción en el ámbito laboral es bastante
disruptiva, en tanto desafía al statu quo. Al haber tenido un lugar protagónico
en la familia desde su infancia, sus padres siempre los involucraron en la toma
de decisiones y, por lo tanto, creen que participar en las decisiones es un
derecho adquirido.
Los Y han resignificado la actividad
laboral, generando una verdadera revolución. La idea de trabajo se transforma y
se orienta a la búsqueda de placer y diversión. En general son multitareas y
buscan diversidad de experiencias nuevas e innovadoras, rechazan empleos que
exigen sacrificio y compromiso excesivo y disfrutan con el cambio. Buscan
trabajar en ambientes amenos y reniegan de los procesos de aprendizaje que
exigen las empresas; reivindican la práctica frente a la teoría y optimizan el
uso del tiempo, poniendo el foco en proyectos que impliquen aprendizaje y
crecimiento a la vez. Por ende, las culturas orientadas a la eficiencia y al
buen clima laboral son las que más posibilidades tienen de retenerlos. Sin
embargo, para ellos el trabajo no es todo y, por ende, rechazan la rutina y
buscan permanentemente nuevos horizontes. Su objetivo es tener un trabajo
parcial y dejar de trabajar a una temprana edad.
Esta generación promueve un equilibrio
entre trabajo y vida personal y social: valoran la familia, la pareja, los
amigos y no permiten que la vida profesional arruine esas relaciones. Buscan, a
la vez, que el trabajo sea un lugar de buen vivir donde desarrollen sus tareas
y, además, se generen nuevas relaciones.
En resumen, la generación Y tiene el
poder del conocimiento y la información; su objetivo es tener experiencias y no
atarse a nada. Los estudios han demostrado que son consumidores inteligentes,
despiertos y objetivos. No se dejan manipular, tratan de tener el control y
fomentar las relaciones con sus pares.
El siguiente cuadro, propuesto por
Pablo Maison, ilustra los principales cambios que experimentaron la generación
Y respecto de su antecesora, la X, en el ámbito laboral.
|
GENERACIÓN X |
GENERACIÓN Y |
|
Comienzan a preocuparse
por mejorar el equilibrio entre la vida y el trabajo |
Presuponen que tendrán equilibrio entre la vida y el
trabajo |
|
Aunque en menor medida
que las generaciones anteriores, consideran el trabajo como uno de los ejes
principales de sus vidas |
El trabajo no es el eje central de sus vidas |
|
Adoptivos y receptivos
frente al cambio |
Incomodidad frente a la incertidumbre que genera el
cambio |
|
Actitud “yo” |
Actitud “nosotros” |
|
Cuidadosos de dar
confianza y lealtad |
Orientados al trabajo en networks (redes de trabajo) |
|
Pesimistas y críticos de
los gobiernos e instituciones públicas |
Valoran la responsabilidad social empresaria y los altos estándares
éticos |
|
Versados en tecnología |
Conectados en forma permanente a Internet/redes |
|
Planificadores del
futuro |
Satisfacción inmediata-presente |
|
División del trabajo
entre fácil o difícil |
División del trabajo entre aburrido y divertido |
|
Emancipación temprana |
Emancipación tardía |
|
Tolerancia a la presión |
Baja tolerancia a la presión. Frustración temprana |
|
Comunicación articulada
(introducción, nudo y conclusión) |
Lo instantáneo y digital les quita articulación comunicacional. |
Cuadro 1-Diferencias más importantes entre las generaciones x e y.
Recuperado de “El trabajo en la posmodernidad” de Maison, p. 2013. Granica.34 y
35.
En definitiva, los Y están
revolucionando las grandes empresas. Con su rebeldía, su creatividad y su
desafío permanente, revierten los valores tradicionales y buscan cambios
estructurales significativos.
Entre los arquetipos propuestos por
Howe y Strauss, esta generación respondería al modelo “artista”.
Generación
Centennials o Z (nacidos a partir de 1999)
Se puede decir que esta generación
nació con el nuevo siglo y suma en todo el mundo más del 30% de la población
mundial. Se los conoce también como Centennials,
Young 2000 o nativos digitales. Son los hijos de la Generación X y los
hermanos de los Y.
Nacieron en un contexto de complejidad
económica donde: los acuerdos o desacuerdos de las superpotencias influyen en
gran escala en las economías emergentes, la desintegración de los bloques
económicos fuerza a realizar nuevas redes de alianzas, la desigualdad entre los
países ricos y países pobres se agiganta, y los avances tecnológicos avizoran
una nueva clase de marginados. Todo esto enmarcado en una grave crisis de las
democracias liberales y la asunción de líderes mesiánicos que pregonan un
nacionalismo xenófobo.
Estos jóvenes además se encontrarán
con un planeta agredido cada vez en mayor medida producto de la avidez de los
dueños de la energía que solo contemplan sus intereses mezquinos y no observan
o atienden en el bienestar general
La principal diferencia entre los Y, y
los Z es que estos últimos no conciben el mundo sin conexión, es decir, son
cien por ciento nativos digitales.
Sus características principales son
las siguientes:
·
Manejan intuitivamente todos los
lenguajes digitales.
·
Se encuentran hiper informados en todo
momento
·
Desconfían de los gobiernos y son
impulsivos.
·
Toman decisiones a la hora de
consumir.
·
Tienen capacidad multitasking y
están ávidos por entrar rápidamente en el universo de los adultos.
·
Empoderan el desarrollo personal y el
carácter emprendedor
·
Nacen en un marco de reconfiguración
de las estructuras familiares y formas de crianza.
·
Tienen cada vez más libertad para
tomar decisiones respecto de las actividades que realizan, la ropa que usan y
los contenidos a los que acceden.
·
En línea con el elevado nivel de
consumo, adquieren su propio celular cada vez a más corta edad y ven películas
o series en continuado a través de sitios de entretenimiento on-demand.
·
Son autosuficientes, maduros y
creativos.
·
Son proactivos, agnósticos, realistas.
·
Tienen conciencia colectiva y foco en
el futuro.
·
Postulan un tipo de economía
colaborativa, con participación activa del usuario cliente.
·
Buscan la gratificación instantánea
·
Generan sus propios diseños y eligen
ser sus propios manufacturadores, dueños de su sitio online o generadores de
información.
·
Son autodidactas: aprenden vía
tutoriales o internet, leen en tablets y dispositivos, hacen sus tareas
y trabajos online.
·
Proyectan su vida laboral en empleos
que impacten al mundo, hacen voluntariados, se preocupan por el planeta.
Al ser una generación que recién comenzó
su camino dentro de las organizaciones, todavía no es posible establecer comparaciones
determinantes con las generaciones precedentes. Sin embargo, se pueden realizar
proyecciones a partir del impacto que la tecnología está produciendo hoy en el
trabajo, a tal punto que se habla de una nueva fuerza, conocida como “Trabajo
global”, en la que la mentalidad digital y colectiva son las protagonistas.
Los
jóvenes contemporáneos
Teniendo en cuenta que los individuos
pertenecientes a la generación Z se encuentran en diferentes espacios vitales
denominados adolescencia y juventud, y también en el que se llama adolescencia
tardía. es necesario explorar la noción de cada uno de ellos.
Si bien es cierto que en cada etapa
suelen existir conductas un tanto singulares y hasta patológicas, las mismas
responden al desequilibrio que se produce cuando los individuos pretenden
alcanzar su identidad adulta. Son períodos de crisis, sin lugar a duda, y sobre
todo la adolescencia porque es una crisis que instaura una ruptura y esta, a su
vez, conlleva la necesidad de tomar algún tipo de decisión. Tal como plantea el Lic. Zermoglio (2013), “en
la adolescencia se revisan “críticamente” materiales muy constitutivos de lo
personal como es todo lo que tempranamente se ha recibido de lo familiar” (p.
9).
Todo proceso de crecimiento y
maduración se asienta en una etapa previa de inmadurez que, en el caso de la
adolescencia, vendría a ser la infancia. El adolescente madura, se separa del
niño y, una vez que atraviesa ese período se transforma en un “adulto”, palabra
que deriva del participio perfecto del mismo verbo y significa “el que ya está
crecido”. Por lo tanto, esta adolescencia tardía retrasa la transformación el
ente adulto.
Por su parte, son elucidarías las
palabras de Nasio (2013), al definir como “un pasaje obligado, el pasaje
delicado, atormentado, pero también creativo, que se extiende desde el fin de
la infancia hasta las puertas de la madurez” (p.15).
La lectura psicoanalítica de Aberastury y Knobel
(1972) presenta a la adolescencia como una:
“Etapa de la vida durante la cual el
individuo busca establecer su identidad adulta apoyándose en las primeras
relaciones objetales-parentales internalizadas y verificando la realidad que el
medio social le ofrece, mediante el uso de los elementos biofísicos en
desarrollo a su disposición y que, a su vez, tienden a la estabilidad de la
personalidad en un plano genital, lo que sólo es posible si se hace el duelo
por la identidad infantil” (p.39).
Este es, por lo tanto, el sentido de
la adolescencia en tanto crisis, ya que consiste en una muerte simbólica y un
segundo nacimiento.
Según Dolto (1990) (uno de los autores
que más ha trabajado el concepto de vulnerabilidad en la adolescencia), el
pasaje a la vida adulta implica una ruptura dramática con el anterior estado
infantil, por lo que la adolescencia no puede ser vista como un período más de
un crecimiento progresivo, sino como “una fase de mutación”. Y en dicha fase la
inestabilidad psíquica es imprescindible para lograr el pasaje a la adultez.
La adolescencia es, por consiguiente,
una etapa de crecimiento, un período de reconstrucción, un pasaje atormentado y
creativo, un momento de búsqueda, una instancia de duelo, una fase de
mutación. Se manifiesta visualmente en
lo biológico e impacta también en los aspectos psicológicos y sociales y se
ilustra en el estado de inopia que es la debilidad propia que se presenta en la
adolescencia.
Este joven, adolescente tardío, está
ligado al mundo y esa relación se da también a través del cuerpo y está cada
día más mediatizada por el imperio de las imágenes. Hoy en día se ha instalado
al cuerpo como una entidad sobre simbolizada y los jóvenes están también
atrapados en esa dinámica. Es decir, no sólo experimentan sus cambios físicos a
partir de un proceso de reconocimiento y reaprendizaje individual del nuevo
cuerpo, sino que deben exhibirlo. Tal como sostiene la Lic. Baudini, S. (2015):
“El mundo contemporáneo es pródigo en
imágenes: imágenes de cuerpo magnificado, resaltado mediante todo tipo de
accesorios exhibido, pornografiado, cadaverizado, mutilado; el cuerpo, objeto
contemporáneo por excelencia, es utilizado de manera electiva en los
intercambios; ya no es necesario escribir unas pocas palabras sobre la propia selfie
para decir algo, alcanza con exhibirla y esperar el mayor número de miradas del
otro en los retornos like”. ( p.95).
Asimismo, este cuerpo objeto es el
recipiente donde tienen lugar las más diversas experimentaciones con sustancias
(alcohol, drogas, comida) ante las que los más vulnerables ceden sin dudarlo.
En definitiva, en el camino de
búsqueda de un lugar propio, el joven pone en escena el cuerpo propio, ese
cuerpo que oscila entre no ser y ser. Si la adolescencia es “una insistente
militancia de búsqueda de verdad” (Rodríguez, 2013, p.14), y si alarga como espacio vital se
convierte en uno de los momentos en que más cerca estamos de la experiencia de
no-ser y es por eso, tal vez, que el cuerpo se exhibe como intento de captación
del ser. El joven debe, entonces, tramitar la desmesura de un cuerpo que crece
sin tregua y, a la vez, interactuar con el ambiente y atravesar distintas
situaciones tanto enriquecedoras como conflictivas.
En definitiva, lo biológico es un “gatillo”
que dispara un sinnúmero de procesos socioculturales y psicológicos.
Esta adolescencia tardía es, por lo
tanto, un fenómeno que sólo se puede estudiar dentro del marco social en el que
se desarrolla. El proceso que experimenta todo joven implica, por un lado, una
reformulación de cómo se concibe a sí mismo, con el consecuente abandono de su
autoimagen infantil y, por el otro, la proyección en el futuro de su adultez. Y
este proceso de cambio, de desprendimiento se teñirá, tal como afirma Aberastury y Knobel (1985)
“con connotaciones externas peculiares de cada cultura que lo
favorecerán o dificultarán, según las circunstancias” (p.38).
Desde el punto de vista sociológico,
la adolescencia abarca el período de transición entre la dependencia infantil y
la emancipación característica de la adultez, y dicha transición va a variar,
también, en cada cultura. La misma puede ser muy corta (ritos iniciáticos de
pasaje de infancia a adultez) o especialmente larga, como en nuestra sociedad
donde “los jóvenes conquistan su autonomía muy tardíamente, dados la extensión
de los estudios y el desempleo masivo, factores que mantienen la dependencia
material y afectiva del adolescente respecto de su familia" (Nasio, 2013, p.16).
En muchos casos, esa dependencia se extiende hasta alrededor de los 25 años.
Al respecto, La
Sagna (2012) refiere el tema de la “adolescencia prolongada” y la considera una
consecuencia del gran avance de la esperanza de vida gracias al progreso
científico, lo cual permite grandes modificaciones en las distintas etapas de
la vida; y la adolescencia se presenta como una etapa indefinida. De acuerdo con lo que señala este autor, en
la actualidad la niñez y la adultez se encuentran cada vez más comprimidas en
el tiempo, y la adolescencia y la tercera edad se extienden cada vez más. Esta
adolescencia que se presenta como una etapa indefinida permite constatar una
modificación en la noción de valor entre las generaciones. Es decir, al
extenderse la edad adulta, la adolescencia adquiere un valor mayor; por el
contrario, cuando la vida es corta, es la familia la que adquiere mayor valor,
porque es la que persiste más allá del individuo.
En este contexto,
la formación del individuo es también cada vez más larga. La Sagna (2012)
citando a Zigmunt Bauman afirma que:
“Hoy se cultiva
lo inacabado de sí, de su formación, de su identidad, de su deseo, incluso de
su realidad; y este inacabamiento está ligado a cierta desesperanza y el sujeto
permanece suspendido de un futuro líquido, en el que los vínculos humanos son
frágiles” (p.34).
Por lo tanto, lo
inacabado del ego en formación produce un ego débil, que se suele asociar con
la falta de compromiso.
Las certezas
tienen, en la actualidad, escasa duración; el ritmo vertiginoso en el que
vivimos produce modificaciones constantes en el entorno y altera los referentes
de orientación, de tal modo que al joven le resulta difícil posicionarse,
sentirse seguro de sí mismo. Esta dislocación es, a la vez, espacial y
temporal, en tanto la adolescencia se prolonga mucho más allá de sus fronteras
biológicas y el pasaje a la adultez se pospone, en muchos casos, en forma
indefinida. Esto se debe, fundamentalmente, a que no existe una exigencia
social de finalización de esa etapa, sino, por el contrario, y tal como señala
Sánchez (2008), “Los individuos se reconocen y son reconocidos por la sociedad
en los gestos juveniles, en las prácticas adolescentes, en las indumentarias
más novedosas, en una cierta excentricidad en el comportamiento, en un
dinamismo constante de las rutinas” (p.57).
El semblante que predomina en las
actuales sociedades nos devuelve, entonces, al abrazo de la eterna juventud
como valor y como imagen hegemónica. Al respecto, hay
quienes observan este fenómeno como una nueva fase del capitalismo que alienta
este estilo juvenil, innovador, sorpresivo, vendiendo indefinidas posibilidades
de existencia, ancladas en el sueño de la eterna juventud. Las relaciones
sociales están atravesadas por una reivindicación de la sensibilidad e
inocencia adolescentes, por la puesta en valor de un modo de vida en formación
y siempre abiertas a las nuevas experiencias.
Por lo tanto, en un entorno que tiende
a homogeneizarse, a romper con las jerarquías, es muy difícil para el joven
elaborar un proyecto a futuro. Ese no ser, no conocer que abruma se agrava por
la no imposición de un ideal. Eso hace que abrumado, aquejado, deba buscar sus
convicciones profundas y su conexión con el deseo.
Entonces, cuando queremos entender por
qué se prolonga tanto la adolescencia en la actualidad, tenemos que tener en
cuenta que es en la sociedad en la que vive donde el joven encuentra los marcos
simbólicos ideológicos para elaborar su existencia. Existe un espacio de tiempo
mucho más amplio y una dimensión de toma de decisiones más abierta y flexible
que inhabilita, de alguna forma, la transgresión.
Cuando al adolescente tardío le
resulta difícil identificarse con referentes del ámbito colectivo y elaborar a
partir de ellos su propia imagen y su concepción de lo que es bueno o malo, la
libertad puede generar miedo. Por ende, la autonomía y la emancipación
necesarias para que el joven les dé cauce a sus nuevas potencialidades
sexuales, afectivas y socioculturales, pueden resultar entorpecidas ante la
desorientación que provoca la falta de pautas claras.
Existen, por lo tanto, diversos
motivos que favorecerían la actual prolongación de la adolescencia. Entre los
principales podemos señalar:
a)
El momento sociohistórico, denominado “Postmodernidad”,
caracterizado por el desencanto, el fin de las utopías y la ausencia de los
grandes proyectos que descansaban en la idea de progreso. En esta época se
predica una forma de pensar que, según Lipovetsky (1998) es “fuertemente
individualista, realzando el narcisismo y el valor del yo por sí mismo” (p.41).
b)
La promoción, por parte de muchos
adultos del “crecer solos” de los adolescentes, sustentada en el individualismo
y el valor del yo. Al respecto, Dolto (1990) como se citó en Traverso (2015)
plantea que “dejar totalmente libre al adolescente, más que un acto generoso de
dar libertad es un gesto de abandono” (p.29).
La autora señala que entre los referentes o modelos de identificación de
los adolescentes son muy importantes, también los educadores adultos por fuera
del ámbito familiar.
c)
La valorización de la juventud eterna
como imagen hegemónica, que revierte las modalidades paternalistas del pasado,
genera un obstáculo en la evolución del adolescente tardío ya que, tal como
sostiene Kancyper (1997) como se citó en Traverso (2015), “no es
posible el pleno desarrollo adolescente y hasta ciudadano sin un proceso de diálogo,
intercambio y confrontación intergeneracional” (p.29).
d)
La tendencia generalizada entre
algunos adultos referentes de adolescentes a no ejercer el rol de autoridad,
fenómeno que se relaciona con el ítem anterior. Asimismo, existen padres que
establecen un vínculo horizontal o de igualdad y hasta llegan a competir con
sus hijos adolescentes.
Los factores mencionados se asientan
en los vínculos sociales del joven con su entorno y reflejan el punto crítico
en el que están de acuerdo distintos autores: el proceso de maduración necesita
de la presencia significativa de otro y fundamentalmente, de otro en lugar del
adulto. Al respecto, podemos mencionar,
también, un motivo que está profundizando cada vez más la grieta entre
adolescentes y adultos y que merece una atención especial: la revolución
tecnológica operada en las últimas décadas.
Vivimos en una época signada por los
avances tecnológicos en la que la circulación del saber ya no depende de la
experiencia acumulada por los mayores. Los roles han cambiado a tal punto que,
tal como afirma Nadorowski (2016) “Desde los educadores hasta los expertos en
marketing coinciden en que los chicos son portadores de saberes y certezas que
los grandes deben captar” (párr.8). Sin embargo, la dependencia antes mencionada
se desarrolla, también, en un contexto en el que:
“Los medios nos muestran a jóvenes que
saben, que se presentan como autónomos frente a sus padres y maestros, quienes,
atónitos, observan el devenir indescifrable de redes sociales instantáneas,
modas que duran lo que un clic, pantallas para edades cada vez más tempranas”
(párr.10).
Y muchos jóvenes ostentan ese poderío
que la manipulación de las nuevas tecnologías les ofrece, ya que:
“Desde ahí, tienen la posibilidad de
disminuir, por lo menos imaginariamente, la distancia que los separa de figuras
de autoridad, sea en el medio familiar, educacional u organizacional, según
cada jerarquía, y de reaccionar a las realidades que los inquietan,
cuestionando la posición del saber instituido y la jerarquía que lo mantiene”. (Corbisie, 2013, p. 9).
Esta paradoja manifiesta en el saber
es otro de los factores que anula la asimetría intergeneracional que se daba en
el pasado y las edades y responsabilidades se aplanan. Por lo tanto, obedecer
pasó de moda y también el acompañamiento de los adultos, quienes atraviesan una
etapa de replanteo en lo que respecta a sus responsabilidades con los menores,
a quienes dejan cada vez más solos. Asimismo, para el joven:
“Ese poderío no deja de ser
inquietante: de un lado, le permite balancear el instituido, poniéndolo en otra
posición frente a la figura de autoridad; de otro, lo echa a una posición de
desamparo, pues ya no cuenta con la autoridad como referencia y parámetro” (Corbisie, 2013, p 10).
El joven está en contacto con las
normas y modelos que le propone la sociedad a la que pertenece de una manera
más directa y consciente que en la niñez. Sin embargo, hoy en día los mensajes
sociales son contradictorios, en tanto, por un lado, se ve exigido con nuevos
mandatos y, tal como afirma el sociólogo Marcelo Urresti (2015), “se espera que
adopte nuevas preferencias y conductas, que se amolde a nuevas situaciones y
exigencias, en suma, que crezca”. Pero:
“Crecer no es solo volverse grande:
hay que superar etapas, cambiar cualitativamente de posición frente a
cuestiones como el futuro, la clase de adulto que se desea ser, el modo en que
se va a encarar el estudio o eventualmente el trabajo, el tipo de hombre o de
mujer que se espera ser, donde la maternidad o la paternidad comienzan a
asomarse como posibilidad cierta” (Urresti, 2015, párr.2).
Estas presiones o mandatos sociales
conviven, a la vez, con el fenómeno ya mencionado del culto a la juventud, que
deviene en una singular idolatría hacia la adolescencia en las sociedades
contemporáneas. Si bien esta etapa está estigmatizada como “conflictiva”, es
también percibida como una edad feliz, en la que “los placeres son más fuertes,
las intensidades mayores, los riesgos- y sus amenazas- más desafiantes” (Urresti, 2015, párr.5).
El descubrir los placeres y su
inexperiencia despiertan en los padres inquietud e incertidumbre. La relación
del límite provoca discusiones y conflictos. Y son esos mismos adultos que con
sus contradicciones establecen presiones sobre el adolescente. Si no se “despierta”
a tiempo lo envolverán en un empuje constante. En caso contrario, tendrán la
preocupación por la “precocidad”.
Ahora bien, en este escenario donde pugnan los mandatos, los intereses y los deseos
(guiados por la necesidad de forjar una nueva personalidad, definir la opción
sexual e idear un proyecto adulto) podemos observar algunos comportamientos
significativos en los que se enlazan los aspectos sociales con los
psicológicos: la urgencia por tener amigos, identificarse
con un grupo, ser aceptados, o gustar pueden ser obstáculos en el proceso
productivo de crecimiento. Veamos algunos ejemplos:
·
“Los tatuajes, extraños peinados o
vestimenta provocativa, ¿están al servicio de una identificación que propicia
el lazo social o, por el contrario, son tributarias de un brutal sometimiento a
la tiranía del grupo de pares” (Zabalza, 2012, párr.30)
· “El
pegoteo con los amigos, ¿habla de una compensación imaginaria
cuya fragilidad trasunta un precario armazón simbólico o de un apoyo propicio
para separarse del adulto?” (Zabalza, 2016, párr.29).
·
“El “autismo” que se refugia en la
parafernalia tecnológica de los MP 3, 4, 5; iPod, televisión, chats,
etc., ¿forma parte de la gestación de una necesaria e imprescindible intimidad
o se trata de una inhibición encubierta?” (Zabalza, 2016, párr.28).
·
El consumo de drogas, ¿se produce
porque la sociedad valoriza el vértigo y la excitación, (además de porque los
narcotraficantes tienen mucho poder)? ¿O porque genera identificación con los
pares o ídolos que consumen? ¿O simplemente porque ayuda a soportar el
aburrimiento?
·
“El desapego emocional, las relaciones
sin compromisos profundos, la sexualidad que pretende lograr un estado de
indiferencia, ¿son formas de protegerse de las decepciones amorosas?” (Noveduc, 2016, párr.8).
Así como determinados cambios físicos dan cuenta
del inicio de la adolescencia, desde el punto de vista psicológico, la
misma es un proceso en el que están en juego el aspecto pulsional, las
representaciones y los soportes objetales y narcisistas. Por lo
tanto, los cambios en la personalidad son también muy significativos en esta
etapa.
De acuerdo
con lo que, adelantado, esta etapa está signada por un estado de crisis. En
palabras de Aberastury y Knobel (1985) como se citó en Traverso
(2015):
“Lo normal,
sano y esperable de la adolescencia es la crisis, que viene acompañada por
montos significativos de angustia y por cierta incertidumbre vital. Esta
característica crítica de la adolescencia es lo que más nos debe poner en vela
ante una mirada “adultomorfista” sobre la misma: no podemos
pretender en el adolescente una estabilidad psíquica deseable o esperable en un
adulto, ni tampoco un desarrollo psíquico que evolucione en un continuum hacia
la adultez” (p.4).
Por lo tanto, la adultez no es consecuencia
de un desarrollo uniforme y progresivo, sino la resolución de la crisis que
implica la adolescencia. A su vez, y tal como afirma los autores, “la
estabilización de la personalidad no se logra sin pasar por un cierto grado de
conducta “patológica”, inherente a la evolución normal de esta etapa de la
vida” (p. 8), es decir, la inestabilidad psíquica en la adolescencia es
necesaria para que ocurra un sano desarrollo psíquico.
Ahora bien, teniendo en cuenta la
necesidad de esta crisis en tanto vía hacia la estabilidad, hay que considerar
que la calma en esta etapa no es de buen pronóstico.
Para llegar a esa otra condición
existencial que implica ser una persona adulta, el adolescente debe atravesar
un proceso de pérdida y cambios que, si bien no son buscados, acontecen. Y esta
etapa llevada como “tardía” retrasa la adultez. Se produce, entonces, una
muerte simbólica y el joven debe elaborar un duelo que se manifiesta, según Aberastury y Knobel (1985) en
tres dimensiones: duelo por el cuerpo infantil (su raíz se encuentra en esta
etapa donde el sujeto desconoce a su cuerpo y que pasa en él), por la identidad
infantil (que es una identidad bisexual) y por los padres de la infancia
(renuncian a la dependencia infantil y se complica porque los padres deben renunciar
a la omnipotencia).
En definitiva, el simple desarrollo
biológico no garantiza que ocurran el desprendimiento y la diferenciación
afectiva e ideológica que llevan a la adultez. Por el contrario, y tal como
señala Quiroga (1999) este proceso “se caracteriza por el pasaje de un
desconocimiento a un conocimiento que llamamos el saber (…) y que involucra
siempre una muerte (la de la infancia) y un renacimiento a otro lugar psíquico,
la adultez” (p.87).
La crisis y la angustia son, por
consiguiente, procesos necesarios para la ruptura con el estado anterior; sin
embargo, el modo en que estén presentes y el nivel de sufrimiento que produzcan
van a determinar hasta qué punto el cuadro es patológico o normal.
El joven
(adolescente tardío) se presenta, entonces, como un sujeto que, en palabras de
Nasio (2013):
“Se
precipita alegre hacia adelante en la vida, luego de pronto se detiene,
agobiado, vacío de esperanza, para volver a arrancar inmediatamente llevado por
el fuego de la acción. Todo en él son contrastes y contradicciones. Puede estar
tanto agitado como indolente, eufórico y deprimido, rebelde y conformista,
intransigente y decepcionado; en un momento entusiasta y, de golpe, inactivo y
desmoralizado” (p.17).
Observamos
que el impulso creador convive, en el joven, con un estado de desasosiego que
despierta un sufrimiento que no es consciente y que es difícil de verbalizar.
Es decir: su sufrimiento, está más expresado mediante comportamientos
impulsivos que conscientemente vivido y puesto en palabras.
Asimismo,
es importante señalar que las características y comportamientos se producen en
un entorno en el que los adultos también oscilan entre distintas elecciones
posibles y prueban un poco de todas, muchas veces sin elegir ninguna. Esto
repercute en la posición subjetiva del adolescente, en tanto la valoración
social de una idea de una adolescencia prolongada y generalizada va en
detrimento del concepto de una adultez responsable y los referentes, en muchos
casos, se diluyen. Al respecto, Vilma Coccoz observa “que, ante la inevitable decadencia de la autoridad de los padres, algunos de
ellos adoptan comportamientos extremos de exagerada rigidez o permisividad,
como un desesperado intento por recuperar la debilitada influencia, y sostiene
que ante una salida en falso de su propia adolescencia, se ven llevados a una
desgraciada identificación con los hijos, mostrándose como su “colega”, en la
complicidad o confesión, a veces obscena, de las dificultades que ellos encuentran
en lo relativo al goce” (2012). Estas tentativas de ser “amigos” se
realizan al precio de borrar las distinciones entre el joven y el adulto y
pueden ser tan nefastas como las de querer ejercer la autoridad por la fuerza
de normas ciegas, sostiene la autora.
Ahora bien, si
tal como apunta Dolto (1990) “un joven sale de la adolescencia cuando la
angustia de sus padres no le afecta, ni le genera culpabilidad tener un
sentimiento y/o pensamiento diferente al de ellos” (p.21).
Pero, qué sucede
cuando este logro psíquico se ve bloqueado por la crisis de las figuras
adultas.
Es común que los
adolescentes planteen que se sienten alejados de sus padres y que estos no solo
no representan para ellos modelos a seguir, sino que tampoco les transmiten un
saber para desenvolverse en la vida. Por lo tanto, orientan la demanda de saber
hacia los objetos técnicos, volviéndose técnicos de ese saber en un circuito
que prescinde del Otro y los aísla. Es decir, en una época caracterizada por
una carencia del entorno simbólico, cuya consecuencia es la desconexión del
Otro, los adolescentes deben inventar una lengua propia. En palabras de Pelento
(2005)
“La caída de
instituciones y adultos sostenedores, la fragmentación de la
cultura, el estallido del cuerpo, el control de la percepción, y al anonimato
al que las nuevas condiciones sociales empujan hace que se incremente cada vez
más en adolescentes la necesidad de buscar identidad y pertenencia a través del
uso de múltiples objetos culturales” (p.73).
Otra característica de esta etapa es
la pertenencia de los jóvenes a bandas o a grupos, fenómeno que atestigua que
el lazo no es con un ideal, sino con sus semejantes, lo que les confirma que
son todos iguales (Amadeo,
2015).
Como podemos
observar, la desorientación es un nuevo síntoma de los jóvenes de nuestra
época, sujetos cuyos modelos de identificación son muy frágiles. El declive del
padre y de los ideales tiene efectos, en tanto ellos hacen de las formas de
gozar una definición de sujeto, que no está alejado de una definición a partir
del tener, mucho más que del ser.
En resumen,
el modo en que atraviesen los jóvenes esta etapa de crecimiento va a ser
determinante en la consolidación de su personalidad y su posterior inserción en
el mundo adulto. En lo concerniente al ámbito laboral, que es el foco central
de esta obra, es necesario analizar las distintas variables que inter juegan en
el proceso, teniendo en cuenta que los adolescentes de hoy forman parte de la
llamada generación Z (o “Post- milenio”).
Tal como se
vio en detalle, se denomina “Generación Z” a los jóvenes
nacidos a partir del año 1999, y que se están incorporando al mundo laboral.
Esta generación tiene características psicosociales específicas: son nativos
digitales y la tecnología está presente desde su nacimiento; son ansiosos,
esperan respuestas rápidas y buscan todo en Internet. La relación con la
lectura es diferente, leen cruzado, prefieren los cuadros y las presentaciones
interactivas, y son más afectos al trabajo en equipo que otras generaciones.
En la
dinámica de interacción social de estos jóvenes prevalece, como vimos, la
sostenida por medios virtuales. Por lo tanto, todos los abordajes y propuestas
al respecto deberán tener en cuenta ese cambio de paradigma que, en definitiva,
va a determinar la consolidación de nuevas estructuras de pensamiento y de
articulación social.
La crisis de los jóvenes
en la actualidad
A esta
generación se los denomina adolescentes- jóvenes contemporáneos con la clara
determinación de dejar constancia que estos poseen características
diferenciadas y por lo tanto viven o sufren una crisis particular.
Esta
adolescencia tardía contemporánea ocupa un espacio importante de la producción
científica de nuestro tiempo. Si bien existen divergencias entre los diferentes
análisis y distintos enfoques, existen algunas coincidencias básicas para
hablar de una crisis única multicausal. Los jóvenes están transitando un
fenómeno que actualmente es difícil analizar y solo en el futuro se podrá
arribar a un diagnóstico certero desde una visión retrospectiva y comparativa.
Puede ceñirse que estamos en presencia de un campo de problemas intrincados en
el que intervienen lo biológico, la cultura, la tecnología, la producción
subjetiva, la crisis del entorno, la crisis del grupo familiar, la crisis de la
sociedad que se encuentra en el centro de la escena. Y si no fuera suficiente:
la pandemia. Estamos asistiendo a un acontecimiento único
que es la emergencia sanitaria producto del virus denominado COVID-19, identificado como
coronavirus. Este hecho es inédito dado que no posee antecedentes en su
dimensión y consecuencias. Diferente e inimitable, teniendo en cuenta que, si
bien existieron pandemias, ninguna se le parece en la medida de la supresión de
sus significantes rectores que nominan los espacios de las relaciones humanas.
Sorpresivo por su aparición súbita y propagación. Homogéneo, dado que no discrimina sexo, raza,
religión, cultura, o nación, pero si afecta en mayor medida a los más vulnerables.
Acontecimiento que sin lugar a duda va a dar lugar a profundas transformaciones
en las estructuras y en las relaciones como lo fue siempre en todas las crisis humanitarias.
Podríamos hasta inferir que las mutaciones se producirán sin mediaciones y los
comportamientos post pandemia se tornarán idénticos.
Es bueno a
esta altura reiterar que cuando se habla de una forma de transitar de estos
jóvenes se señala que están condicionados en la cultura de su pertenencia. No
puede referirse a una adolescencia única sin observar y remitirse a sus
correlatos culturales, clase social, residencia y oportunidades de desarrollo.
Pero, en esta
crisis de múltiple anudamiento la caída del padre es un rasgo social
significativo. Este rasgo psicosocial, como ya dijimos, es una característica
identitaria del espacio contemporáneo de la posmodernidad. Diferentes autores
clásicos de las teorías de la adolescencia como Erickson (1950), Winnicott
(1971) y Dolto (1990),
refieren desde diferentes ángulos la necesaria confrontación entre las dos
generaciones como condición necesaria para que los adolescentes se conviertan
en adultos. De esta confrontación o confrontaciones el adolescente saldrá
saludablemente formado en su carácter, pero esto es así sólo porque hay un
adulto. Pero en la sociedad actual prevalece una igualación, desaparece la
figura del padre. En algunas ocasiones los adolescentes se ven obligados a ser
padres de sí mismos encontrándose con una libertad que no pidieron y que no
saben qué hacer.
Ya los
sociólogos manifiestan que el padre perdió majestad, la madre ganó autoridad y
los adolescentes conquistaron libertades. Sin dudas hay una asociación
innegable entre la crisis actual y el deterioro del vínculo paterno y el lazo
social.
Pero no es
la pérdida de la función paterna la única carencia referencial sino la caída de
las instituciones que magnifica e ilustra esta época. Son notorias y
significativas las transformaciones de estas que inscriben nuevas dimensiones.
Se puede apreciar que aquellas instituciones financieras que eran
representativas de la custodia y del dinero de los ciudadanos se han quedado
con sus ahorros. Las fuerzas armadas cuya presencia era vital para defender a
la nación y sus habitantes de agresiones externas se convirtieron en
instrumentos de tortura y muerte de los habitantes. La policía como agentes del
orden para prevenir y sancionar los delitos se mueven en asociación con los
delincuentes. Los sacerdotes, identificados con el cuidado de los valores
cristianos hoy asistimos que son portadores de la angustia de los jóvenes por
ser abusados sexualmente. Los aspirantes a jueces mienten en sus antecedentes
en los concursos. Los legisladores se fijan sus grandes dietas o las obtienen
mediante maniobras secretas. Mientras piden sacrificios, ellos no hacen
ninguno. En ese contexto, los valores que comandan la conducta social son los
que vemos en la práctica social misma, no los declarativos, sino los que se
desprenden de la conducta concreta.
En esta
línea de pensamiento, Cornelius Castoriadis (1997), en su libro “El avance de
la insignificancia”, describe con un sencillo relato la crisis de nuestras sociedades
y su consecuente proceso identificatorio. Desde una visión histórica – social
conceptualiza el proceso fundante de las identidades de cada época y afirma que
cada sociedad determina construcciones constitutivas de lo bueno y lo malo, de
lo que hay que hacer o no y los fines a conseguir.
Estas
significaciones identitarias sociales son las que crean una homogeneidad básica
en una sociedad en una época y por supuesto influye, y contamina a los sujetos jóvenes
y permite referenciarse como nosotros (Generación Z) diferente a los otros.
Según
Gergen (1992) en su libro “El yo saturado” el sujeto objeto de este estudio
vive saturado por el efecto social del avance tecnológico que le exige actuar
en diferentes escenarios a causa de recibir la realidad fragmentada e
interpreta retazos de la realidad y las adecúa a una situación determinada
conforme a sus intereses que a su vez es influenciado por la misma red
tecnológica. Estos adolescentes (Generación Z) son los únicos que son “nativos
digitales”. Esto hace que respondan más rápido a los cambios tecnológicos que
las mentes de los adultos. Es la primera vez en la historia de la humanidad que
los hijos enseñan a los padres. Son los hábiles maestros de la tecnología. Esto
a todas luces muta la relación de poder y lleva a pensar que modifica los
vínculos entre padre e hijo donde pasan y se deslizan sucesos en un espacio
vacío.
“Solo
aquellos que ven más allá de las apariencias tienen conciencia de las
diferencias”
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